Turismo espacial: de la ciencia ficción a la oportunidad de negocio

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Astronauta!. Este es el grito que hacen muchos niños y niñas cuando los preguntan qué quieren ser de grandes. Cuando crecen la idea suele irse a pique, porque convertirse en hombre del espacio exige unos sacrificios físicos e intelectuales fuera de medida. Pero el sueño de viajar a las estrellas permanece en mucha gente que mira embobada el cielo cada noche. Es por eso que detrás la idea del turismo espacial muchos ven una oportunidad de negocio. Después de mucho tiempo en que esta posibilidad ha sido patrimonio exclusivo de la ciencia ficción, cada vez es más cerca de cristalizar en una oferta real. Y Cataluña y el Estado español pronto serán testigo.

Ya hace años que la idea de viajar al espacio como turista ha dejado de ser una quimera. Lo ha hecho gracias a proyectos como Virgin Galactic, con el que Richard Branson quiere poner turistas en órbita, con una lista de espera formada por nombres tan populares como Justin Bieber o Ashton Kutcher. Entre los aspirantes a primero catalán astronauta de la historia, figuran el propietario de La Bruja de Oro, Xavier Gabriel, o la empresaria Anna Bru, que además comercializa en exclusiva los vuelos de Virgin Galáctico en España a través de su agencia de viajes Bru&Bru. El proyecto de Branson no es nuevo, y a muchos los sonaría a excentricidad, si no fuera porque empiezan a aparecer otras muchas iniciativas similares, con inversores potentes detrás y con calendarios establecidos.

El mejor ejemplo se lo encontraron el mes pasado aquellos que paseaban por el centro comercial Isla Diagonal de Barcelona, que acogió durante tres semanas el primer punto de información de turismo espacial al Estado español. Cómo si fuera un estand promocional de una isla caribenya, pero sustituyendo la hamaca y los cocoters por una maqueta de nave espacial a medida real. La misma que tiene previsto ofrecer su primero quiere suborbital antes de acabar el año.

Quién lo pretende es la compañía holandesa Space Expedition Corporation, representada en el Estado español por la empresa catalana Alibor. Una firma del mundo de la joyería originaria del Berguedà, con más de un siglo de trayectoria, que se embarca en esta aventura en alianza con el fabricante de relojes Luminox. “Nos interesa vender productos exclusivos, diferentes, y este es uno de ellos”, explica Joan Altimiras, CEO de Alibor.

Vender ilusiones

La voluntad de diversificarse, de “no poner todos los huevos a la misma cesta” los ha traído a apostar por este nuevo concepto de turismo. “Tenemos un punto de locura, pero a la vez vemos un nicho de mercado muy interesante”, afirma Altimiras. Pero cómo es que alguien del mundo de las joyas se adentra en una aventura como esta, propia de ingenieros o de operadores turísticos? “Los joyeros y relojeros en realidad acabamos vendiendo ilusión, y esto es el que son estos viajes”, resume.

Por 71.000 euros, la compañía promete un vuelo a 100 kilómetros de altura, superando la Línea de Kármán, que separa oficialmente la atmósfera y el espacio exterior. La nave SXC Lynx Mark II saldrá desde Mojave (EE.UU.) o Curazao (isla holandesa en el Caribe), romperá la barrera del sonido en 18 segundos y apagará los motores a los 42 km de altura para iniciar el vuelo parabólico, momento de experimentar el ingravidesa, hasta volver planeando en su base terrestre. 45 minutos de vuelo completo. Space Expedition Corporation ya ha vendido unos 300 de estos viajes en todo el mundo, media docena al Estado español a través de Alibor.

“Los contratantes son gente de perfiles muy diferentes”, resuelve Altimiras sobre sus clientes. Desde un multimillonario a quien ya no los queda ninguna excentricidad para hacer en la tierra hasta un joven de origen asiático con ganas probar las últimas tendencias y capacidad para pagarlas, pasando por un veterano empresario del mundo de la construcción. El punto en común entre todos ellos es fácil de adivinar: una cartera muy llena. Los viajes espaciales son para gente muy adinerada, pero ya no se piden las fortunas siderales de hace unos años, sólo al alcance de estrellas histriòniques. Por quien se lo pueda permitir, hoy cuestan el mismo que un coche caro. Y esto multiplica el potencial de clientes hasta el punto de convertirlo en un sector con alto potencial de negocio.

En el espacio en globo

Por este motivo es terreno abonado a la aparición de nuevos agentes, dispuestos a demostrar que de maneras de ir al espacio hay varias. Es el caso del proyecto Bloon, de la empresa Cero2Infinity, con sede en Cerdanyola del Vallès. “Vivimos en un mundo globalizado. Pero en qué momento tenemos la oportunidad de verlo realmente como un globo?” se pregunta a la empresa en su web.

Y de globo va el tema: La oferta de Noon se basa en poder observar el planeta desde 36 kilómetros de altura a los cuales se asciende una cápsula acoplada a un globo impulsado por el helio. Nada de naves espaciales, satélites ni cohetes; un globo que tarda unas dos horas al coger la altura deseada (el triple de la máxima a la que llega un vuelo comercial), desde la cual ya se puede observar la cobertura de la tierra y distinguir el moratón del cielo terrestre y el negro del espacio. Después de dos horas de observación, toca volver a casa: la cápsula desciende durando cerca de una hora con la ayuda de un paracaídas. El coste de la experiencia: 110.000 euros.

Gran Canaria, lanzadora espacial

Para encontrar uno de los proyectos más avanzados hay que ir hasta Gran Canaria, donde la empresa suiza Swiss Space Systems (S3) ha establecido una base para tirar satélites y desarrollar el turismo espacial. La clave de la rentabilidad del proyecto es esta doble vertiente. “Empleamos la misma tecnología para hacer dos negocios independientes, porque los inversores puedan tener acceso a dos mercados”, explica Augusto Caramagno, director de la compañía en España.

S3 ha adquirido un Airbus 300 al cual acoplarán lanzadoras por, a partir del 2018 y desde Maspalomas, poner en órbita satélites de hasta 250 kilos, a un coste cuatro veces inferior al actual. Un aparato que pretenden amortizarlo comercializando quieres parabólicos a gravedad cero, los primeros con base europea. Empezarán a funcionar el 2015 y, con precios a partir de los 2.000 euros permitirán experimentar varios capítulos breves de ingravidesa a través del que se conoce como vuelos parabólicos. De cara al 2020, S3 impulsará los vuelos suborbitals, a 100 kilómetros de altura, donde el turista podrá ver la tierra desde el espacio y experimentar la ingravidesa de forma mucho más continúa, como el astronauta que soñaba ser cuando era pequeño.

El lema de S3 es Space for ajo. Detrás de todo hay una idea básica: la conquista del espacio ya no está tan sólo en manso de las grandes agencias públicas como la NASA ni de gigantes aeronáuticos, sino que también es una parcela apta para empresas privadas que quieran explotar tanto el ámbito turístico como el tecnológico. Ejemplos como los de Planet Labs, una firma de Silicon Valley con unos cuarenta trabajadores que ha puesto en órbita un centenar de satélites de bajo coste para dar servicios múltiples a estados y a agentes privados, es un ejemplo que bien pronto seguirán otras muchas empresas de todo el mundo. Hay terreno para competir y para hacer dinero.

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